Guerrero enfrenta dos pandemias: el COVID-19 y la violencia

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Guerrero enfrenta dos pandemias: el COVID-19 y la violencia

Además de la pandemia por COVID-19, la población de Guerrero enfrenta otra epidemia: la violencia que continúa intensificándose y afectando la salud física y mental de miles de personas.

Desde 2016, por medio de clínicas móviles, equipos de Médicos Sin Fronteras (MSF) se desplazan a diferentes comunidades para brindar asistencia médica y de salud mental en comunidades aisladas cuyo acceso a los servicios de salud es muy limitado o nulo debido a los enfrentamientos que mantienen más de 40 grupos armados que se disputan el control del territorio.

A lo largo de estos años, MSF ha atendido a cientos de familias afectadas por esta epidemia que se ha extendido en diferentes regiones del estado y que ha provocado el desplazamiento interno de miles de familias y también es una de las principales causas de migración hacia Estados Unidos.

“La violencia, al ser una epidemia, es algo que va afectando diferentes comunidades principalmente debido a los enfrentamientos que suceden entre diferentes grupos del crimen organizado por el cultivo de la amapola y el cultivo del aguacate también. Son dos medios de entradas económicas y los grupos pelean para obtener estos ingresos”, señala Alberto Macín, gestor de actividades de salud mental de MSF en Guerrero.

Diferentes comunidades de la sierra guerrerense han sido centros de batalla donde la población se encuentra atrapada o está siendo obligada a salir huyendo en medio de cruces de fuego.

Hace unos días, MSF acompañó a una población que fue forzada a abandonar su comunidad en la región de Tierra Caliente a principios de 2020 y que en julio, en medio de la pandemia por COVID-19, pudo regresar a reconstruir su pueblo gracias a que los grupos armados llegaron a una tregua.

“La principal situación que enfrenta la población son las consecuencias de su desplazamiento y ahora están viviendo todo lo que implica el retorno a la comunidad y empezar desde cero”, señala Gabriela Peña psicóloga de MSF en Guerrero.

Onelia Ayala, una vendedora de la localidad recuerda como fue el enfrentar la pérdida de sus familiares y sus pertenencias y lo duro que ha sido para su familia volver a reconstruirlo todo.

“Devastada, la comunidad era un basurero. Animales muertos por aquí, todas las casas abiertas, saqueado, arrastrado, sucio, charcos de sangre en la laguna. Estuvo feo”, comenta.

Ante una situación de violencia, las secuencias para la población no sólo son físicas, no sólo se ven en la destrucción de sus hogares o en la destrucción de la infraestructura comunitaria; algunas familias han tenido que sufrir la pérdida de sus seres queridos en los enfrentamientos.

“Pienso que difícilmente van a regresar”, señala Onelia. “El caso de mi hermano, él no quiere venir. Él quedó muy mal, muy trastornado”.

De acuerdo con testimonios de la población se estima que 70 por ciento de la población logró regresar al pueblo, mientras que el resto permanece en otros estados cercanos, como Morelos o buscaron asilo en EU.

“Unos se fueron a EU vía asilo. Varios de mis alumnos se fueron, están allá. Otros se fueron a la Ciudad de México, otros a la cabecera municipal según las posibilidades de cada uno”, indica Omar Rojas, profesor de telesecundaria.

Pese a que Guerrero se ha visto afectado, como el resto de México, por la pandemia de COVID-19, las poblaciones rurales más aisladas y/o confinadas visitadas por Médicos Sin Fronteras no han detectado ningún caso. Sin embargo, los equipos de MSF extreman precauciones para evitar contagios y brindan capacitaciones al personal de los centros de salud y a la población en general sobre las medidas de protección, como el uso de cubrebocas y el lavado de manos.

Para protegerse del COVID, al inicio de la pandemia esta comunidad cerró sus fronteras”, señala Bonnie Vera, médico de terreno de MSF que asiste a una comunidad confinada por la violencia en Costa Grande.

“Tuvimos que replantearnos nuestro ingreso a las comunidades y a partir de agosto de este año reactivamos la atención de las clínicas móviles con todas las medidas necesarias para evitar contagios”, cuenta.

En esta comunidad en la región de Costa Grande, las clínicas móviles de MSF acuden de forma regular debido a que lleva más de dos años confinada, en la que los servicios médicos y psicológicos de MSF son la única opción de la población para recibir tratamiento y donde existe una gran afectación en la salud física y mental en la población.

“Lleva dos años y dos meses cerrado el centro de salud. Por ejemplo, aquí si una mujer va a dar a luz, hay una señora partera que las atiende y afortunadamente han salido hasta ahora con bien, pero si se llegara a complicar la situación es un riesgo que se corre porque en realidad aquí son como cuatro o cinco horas que tiene que hacerse uno al municipio”, señala Pablo Costilla, agricultor y ganadero.

Además de la falta de atención médica, la población vive en un constante temor. “Comunidades vecinas han tenido que migrar a los Estados Unidos en busca de asilo político y se han ido por miedo”, apunta Narciso Torres, líder comunitario y defensor ecologista.

“La mayor parte de gente se fueron de asilo político a Estados Unidos porque los habían amenazado y todo el que estaba amenazado se fue. Estamos a veces tranquilos, a veces intranquilos, y con la desconfianza, con el temor y con el miedo de pensar a qué hora nos vienen a matar”, apunta Torres.

La necesidad de atender la salud mental en estas comunidades es muy evidente. “Imaginar el impacto que tiene en la población el vivir aislado, sin libertad de tránsito y en un estado de hipervigilancia. En esta comunidad hay una gran cantidad de niños que no estaban siendo acompañados por profesores y son unos niños estimulados, activos, jugando, divirtiéndose, pero sin educación y con el miedo permanente de que no pueden salir de su comunidad porque corren un riesgo también”, concluye Macín.

INFO:EF